Saludo a los Semanistas de Mons. Manuel Sánchez-Monge (Comisión de VC de la Conferencia Episcopal)

Madrid 14 de abril de 2009

1. Los religiosos y religiosas sois una multitud también hoy, aunque algunos se empeñen en negar las evidencias, en la Iglesia que peregrina en España. Una multitud, muchas veces callada, que vive con ansias de santidad su consagración a Dios, y con verdadera dedicación su servicio de acogida solidaria al prójimo, especialmente al más necesitado. Por eso sois un auténtico regalo para la Iglesia universal y para el mundo. También para las Iglesias particulares porque en vuestras los pobres encuentran cobijo y los obispos encontramos descanso. La variedad de vuestros carismas nos recuerda que la gracia del Espíritu es semejante al agua: en el lirio es blanca, en la rosa es roja, azul en la violeta, pero siempre es la misma y única agua que da la vida y la belleza al mundo: “El agua de la lluvia –enseñaba S. Cirilo de Jerusalén- baja del cielo. Baja siempre del mismo modo y forma, pero produce efectos multiformes. Uno es el efecto producido en la palmera, otro en la vid y así sucesivamente, aunque sea siempre de única naturaleza y no pudiendo ser diversa de si misma. La lluvia en efecto, no baja diversa, no se cambia a si misma, sino que se adapta a las exigencias de los seres que la reciben y se convierte para cada uno de ellos en aquel don providencial del que necesitan. Del mismo modo también el Espíritu Santo aun siendo único y de una sola forma e indivisible, distribuye a cada uno la gracia según quiere” .

2. Vuestra contribución espiritual como personas consagradas al bien de la Iglesia es también muy significativa e indispensable para la vida de la Iglesia. Vuestro empeño de seguir a Cristo de cerca es un don para el entero Pueblo de Dios. Adhiriéndoos a vuestra vocación, imitando a Cristo casto, pobre y obediente, totalmente consagrado a la gloria de su Padre y al amor de sus hermanos y hermanas, tenéis por misión testimoniar ante el mundo la primacía de Dios y de los bienes futuros. (cfr Vita consecrata, n.85). Con vuestra fidelidad sin reservas a vuestros compromisos vosotros sois en la Iglesia un germen de vida que crece al servicio del Reino de Dios.

“Vuestro celo –os ha recordado Benedicto XVI- nace de haber descubierto la belleza de Cristo, de su modo único de amar, encontrar, sanar la vida, alegrarla, confortarla. Y esta belleza es la que vuestra vida quiere cantar, para que vuestro estar en el mundo sea signo de vuestro estar en Cristo”. Valéis más por lo que sois que por lo que hacéis.

3. Con palabras del hermoso documento ‘Caminar desde Cristo’ relato a grandes rasgos en qué os empleáis: “Con renovado esmero muchas personas consagradas encuentran en el ejercicio de las obras de misericordia evangélica enfermos que curar, necesitados de todo tipo, afligidos por pobrezas antiguas y nuevas. También otros ministerios, como el de la educación, reciben de ellas una colaboración indispensable que hace madurar la fe a través de la catequesis o ejercita un verdadero apostolado intelectual. No faltan tampoco quienes sostienen con sacrificio y siempre con más amplias colaboraciones la voz de la Iglesia en los medios de comunicación que promueven la transformación social. Una opción fuerte y convencida ha llevado a aumentar el número de religiosos y religiosas que viven entre los excluidos. En medio de una humanidad en movimiento, cuando tantas gentes se ven obligadas a emigrar, estos hombres y mujeres del Evangelio avanzan hacia la frontera por amor de Cristo, haciéndose cercanos a los últimos” (Caminar desde Cristo, 9)

4. La vida consagrada vive en este momento histórico caminos de profundización y purificación, avanzando en la comunión y en la misión evangelizadora. Trabajáis con responsabilidad para preservar y desarrollar el don único del carisma fundacional a fin de que responda mejor a las actuales necesidades de la familia humana. Buscáis centraros más en Cristo como camino de vida. En las dinámicas comunitarias intensificáis las relaciones personales. Se aprecia un loable esfuerzo por encontrar un ejercicio de la autoridad y de la obediencia más inspirado en el Evangelio que afirma, ilumina, convoca, integra y reconcilia. Es también manifiesto vuestro profundo sentido de misión apostólica, etc… Y no en último lugar señalaría que las relaciones de los consagrados con toda la comunidad cristiana se van configurando cada vez mejor como intercambio de dones en la reciprocidad y en la complementariedad de las vocaciones eclesiales. Demos gracias a Dios por estos regalos que el Señor hace a los que se consagraron a El para bien de la Iglesia y del mundo.

5. El momento actual no está exento de sombras como no lo ha estado ninguno de la historia humana. Ahora bien, las dificultades del momento presente no pueden ser motivo de pesimismo y de nostalgias estériles. Han de ser vividas como una ocasión de purificación para abrirnos a lo nuevo que el Espíritu Santo hace surgir en medio de nosotros. "Es verdad que el número de los religiosos ha disminuido notablemente, pero no es menos verdad que la autenticidad e intensidad de muchas comunidades de religiosos y religiosas es mucho más transparente hoy y a la vez más acorde con el Evangelio". Además, están surgiendo entre nosotros nuevas formas de consagración así como otros carismas que el Espíritu suscita para la nueva evangelización.

La codicia de los bienes, el ansia de placer, la idolatría del poder, o sea la triple concupiscencia que marca la historia y que está en el origen de los males actuales sólo puede ser vencida si se descubren los valores evangélicos de la pobreza, la castidad y el servicio.139 Los consagrados deben saber proclamar, con la vida y con la palabra, la belleza de la pobreza del espíritu y de la castidad del corazón que liberan el servicio hacia los hermanos y de la obediencia que hace duraderos los frutos de la caridad.

6. Mirar hacia adelante y hacia lo alto. A los consagrados os vemos legítimamente como los centinelas de la mañana. «Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su reflejo... Ésta es una tarea que nos hace temblar si nos fijamos en la debilidad que tan a menudo nos vuelve opacos y llenos de sombras. Pero es una tarea posible si, expuestos a la luz de Cristo, sabemos abrirnos a su gracia que nos hace hombres nuevos», enseñaba Juan Pablo II. “¡Vosotros –había dicho en otra ocasión- no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas, para que este nuestro mundo confiado a la mano del hombre... sea cada vez más humano y justo, signo y anticipación del mundo futuro”.

Dirijamos ahora la mirada a María, la primera Consagrada. Ferviente en el espíritu, alegre en la esperanza, fuerte en la tribulación, perseverante en la oración, solícita por las necesidades de los hermanos (cf. Rm 12, 11-13). En Ella se reflejan y se renuevan todos los aspectos del Evangelio, todos los carismas de la vida consagrada. Ella nos sostenga en el empeño cotidiano, de manera que podamos dar un espléndido testimonio de amor, según la invitación de san Pablo: «¡Tened una conducta digna de la vocación a la que habéis sido llamados!» (Ef 4, 1).

María, Madre de la Iglesia, acrecienta en las personas consagradas el deseo de llegar a la eterna y única Bienaventuranza.

Virgen de la Visitación, dispón su corazón para acudir a socorrer las necesidades humanas, pero sobre todo para que lleven a Jesús.

Enséñales a proclamar las maravillas que el Señor hace en el mundo, para que todos los pueblos ensalcen su nombre.

Sostenlas en sus obras en favor de los pobres, de los hambrientos, de los que no tienen esperanza, de los últimos y de todos aquellos que buscan a tu Hijo con sincero corazón.

Házlas disponibles en la obediencia, intrépidas en la pobreza y acogedoras en la virginidad fecunda. AMÉN

+Manuel Sánchez Monge, Obispo de Mondoñedo-Ferrol

Martes 21 de abril de 2009