Reproducimos por su interés la entrevista a nuestro director Antonio Bellella en la Revista Ecclesia sobre la 54ª Semana Nacional de Vida Consagrada. Puede accerderse a la entrevista original en este enlace
¿Por qué se ha elegido la afectividad como tema para la 54ª Semana de Vida Consagrada?
Confluyen varios elementos. En primer lugar, ha estado muy presente la invitación del Papa en la encíclica Dilexit Nos, su insistencia en «recuperar la importancia del corazón». Con respecto a nuestro discernimiento, señalaría tres puntos. Ante todo, la sugerencia explícita de los asistentes a la 53ª Semana; en segundo lugar, la buena acogida que encontró dicha propuesta entre los miembros del consejo académico del Instituto de Vida Religiosa; y, finalmente, la indudable relevancia de un tema que puede considerarse transversal, porque la afectividad de un modo u otro impregna la vida.
¿Cómo se enmarca este tema dentro de las ediciones anteriores? ¿Hay algún vínculo o hilo que las conecte?
En los últimos años, la Semana de Vida Consagrada ha propuesto temáticas de índole transversal. Más que detenerse en asuntos concretos ha girado en torno a elementos constitutivos que, de algún modo, están presentes en el complejo entramado que la vida consagrada es en sí misma. El hilo conductor de todo ello ha sido la naturaleza relacional de la persona humana, ampliamente considerada.
¿Cómo se abordará este tema durante la Semana?
Distingo tres miradas o enfoques. Primero, el interdisciplinar y diversificado, que permite abrir el campo de visión, evitando la tentación del pensamiento único. En segundo lugar, la mirada proactiva, pues no basta el análisis, también hace falta ofrecer pistas para caminar. Y, finalmente, el enfoque identitario, que privilegia lo bíblico, lo teológico, la espiritualidad y la misión.
Hay cuatro núcleos temáticos. ¿Cuáles son? ¿Por qué se ha estructurado así este tema?
Acabo de mencionar la Sagrada Escritura. Además de definir a Dios como Amor, en las entretelas de los versículos del Nuevo Testamento se hace una lectura antropológica concreta, que incluye un modo específico de entender y vivir la afectividad humana. En la manera de hablar y actuar de Jesús, y en su propuesta de seguimiento, la realidad afectiva ocupa un lugar destacado. Por ello, hemos querido articular la Semana de Vida Consagrada en torno a cuatro núcleos inspirados en el Evangelio: «Tu tesoro. Tú corazón»; «Los sentimientos de Cristo»; «Como yo os he amado»; «Sois el cuerpo de Cristo».
¿Quiénes son los principales ponentes?
No quisiera mencionar a unos en detrimento de otros. Todos los/las ponentes son especialistas en sus temas y conocen bien la realidad de los consagrados. La mayoría son profesores universitarios y forman parte de equipos de investigación, en los que se estudian las cuestiones presentadas. Este año hemos querido que tres de las conferencias se pronuncien de manera coral, a dos o tres voces, tratando de enriquecer las exposiciones. Como presencias singulares, ajenas en primera instancia al mundo académico, indicaría las del cardenal salesiano Ángel Fernández Artime, pro-prefecto de la DIVCSVA, y del cantautor jesuita Cristóbal Fones.
Durante la presentación de la Semana, indicó que se ha producido un cambio de mentalidad en la vida consagrada con respecto a la afectividad. ¿Cuál era la concepción que había antes?
Como dije en la presentación, el cambio de mentalidad no solo concierne a la vida consagrada, sino a la sociedad en general. La vida consagrada es hoy mucho más consciente de la importancia de la vida afectiva, y de en qué medida influye tanto en la cotidianeidad como en las decisiones relevantes. Hoy se distingue con claridad entre persona e individuo, tratando de evitar la despersonalización y el individualismo. Se ha ido tomando conciencia de que las instituciones no funcionan sin las personas y, por consiguiente, los gustos, la sensibilidad, los deseos, las decisiones y elecciones de cada consagrado/a no pueden ignorarse sin más, porque inciden directa o indirectamente en su vida y misión. Por consiguiente, son realidades que antes o después afectan a todo y a todos.
Poco a poco, la dimensión afectiva ha dejado de ser vista como un tema “psicológico”, para considerarse un aspecto constitutivo del ser humano que implica y permea la relación con Dios, la espiritualidad, el manejo del lenguaje, el trabajo apostólico, las relaciones fraternas, la postura ante las circunstancias, los cambios de destino, etc… Incluso, me atrevería hablar de estilos afectivos distintos, reconocibles en la manera de vivir, de presentarse y de evangelizar las diferentes congregaciones.
¿Ha tenido este cambio de mentalidad un reflejo en los procesos de formación y maduración de los consagrados?
Por supuesto. Comenzaría insistiendo en que la crisis vocacional también ha llevado a considerar el “quién”, es decir, la relevancia personal de cada formando. Ello ha replanteado los procesos de admisión, incorporación, acompañamiento y discernimiento en los candidatos/as a la vida consagrada. En otro orden de cosas, la formación primera y la continuada utilizan cada vez más las herramientas que ofrecen algunas ciencias humanas, como por ejemplo la psicología evolutiva. Al lado de lo estructural y lo pastoral, hoy tiene mucha relevancia lo afectivo. Por ejemplo, se consideraría absurdo ignorar las repercusiones del proceso de reducción institucional (disminución numérica y cierre de presencias y actividades) en los ánimos de cada consagrada/a.
Usted sostiene que no formar la afectividad es caminar hacia el abismo. ¿Qué peligros se corren si no se aborda esta cuestión?
El oráculo de Delfos proponía el autoconocimiento como una tarea de vida y una clave de crecimiento. En la tradición bíblica, «conocerse a sí mismo» no es una labor meramente intelectual, sino sobre todo una actividad cordial, constitutiva y transformante. Cuando una persona ignora o descuida la relevancia de lo afectivo (cordial) en su trayectoria vital, corre muchos riesgos; pero, sobre todo, puede caer en el peligro de trabajarse a sí misma superficialmente, de desconocerse en lo más íntimo y propio, generando así una insatisfacción profunda que a menudo aflora de manera extraña e inesperada. Formar en la afectividad no consiste en aprender a controlar las pulsiones, escondiéndolas y temiéndolas, sino en reconocerlas, integrándolas en un proyecto vital que hace de la entrega de Jesús el modo de ser y vivir. De lo contrario, se abren paso el tedio y la infelicidad y, con ellos, el fracaso más estrepitoso.
¿Cómo afecta a los religiosos la cultura afectiva que se vive hoy: desvinculada, individualista…?
Una de las conferencias corales de la Semana de Vida Consagrada lleva por título el siguiente interrogante: ¿El amor es para siempre? No se trata de un tema elegido al azar, pues la cultura actual contesta a diario la posibilidad de que existan vínculos sin fecha de caducidad, subrayando la ruptura como el horizonte único de todo tipo de relación, sobre todo de las amorosas y amistosas.
Esta mentalidad martillea el ánimo de los consagrados en todo momento. Es posible así caer en algunas tentaciones. Primeramente, la de sustituir la propuesta de entregar la vida por el compromiso con proyectos temporales que llenan las horas, pero a veces vacían el corazón. En segundo lugar, la posibilidad de que un compromiso estable se desvanezca en la bruma del propio interés y de la satisfacción momentánea; y, en consecuencia, resulte cada vez más difícil integrar las dificultades en un camino de sentido y más fácil caer en la trampa de un “yo” que aparentemente no tiene límites.
¿Qué pueden hacer los religiosos —tienen contacto con las nuevas generaciones en parroquias y colegios— para generar una nueva cultura afectiva basada en el amor y en la antropología que nace del Evangelio?
Creo que en este asunto no puedo concretar mucho, pues mi dedicación no me permite conocer a fondo el trabajo pastoral en escuelas y parroquias. Sí que me gustaría romper una lanza a favor de una evangelización que no descuide los aspectos cordiales, que favorezca el contacto devoto con lo sagrado y que no elimine acríticamente lo espiritual y lo religioso (que vinculan mente y corazón), en aras de una catequesis o una educación en la fe más bien racionalizadas o reducidas a un altruismo excelente. Pido que se trabaje por priorizar una mirada a la Sagrada Escritura y una presentación de la Iglesia que, sin relativizar el correcto actuar (ortopraxis) y la correcta doctrina (ortodoxia), incluyan en la cotidianeidad pastoral la clave de la cordialidad, no solo como una estrategia ocasional, sino como un elemento constitutivo de la antropología bíblica y del actuar de Jesús.
Nuestros fundadores/as destacaron en este aspecto y merece la pena no dejarlo de lado.